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El camino de un papá que encontró su lugar en el básquet femenino


 

De la tribuna al banco y del rol de papá al de entrenador. Edgar López cuenta cómo el básquet femenino se convirtió en un proyecto de vida familiar en el Club Nicolás Avellaneda y reflexiona sobre el presente y el futuro del deporte en la provincia.


La historia de Edgar López dentro del Club Nicolás Avellaneda es particular y profundamente ligada a la familia, la pasión y el compromiso. Músico de profesión, ex integrante de Los Quijanos y actual líder de su banda Los Cantores, comenzó a vincularse con la institución hace aproximadamente cinco años y medio, en el barrio Mosconi de la ciudad de Santiago del Estero.


El acercamiento se dio después de la pandemia, cuando sus hijos comenzaron a practicar deportes. Si bien el club siempre estuvo allí, frente a la casa de su suegra, fue recién en ese momento cuando la familia empezó a formar parte activa de la vida institucional. Su hija, con apenas 12 años, se sumó al básquet en una etapa en la que el club comenzaba a darle forma al básquet femenino, ya que inicialmente participaba en categorías mixtas. Ese primer paso fue como papá y espectador, pero con el tiempo la pasión por el básquet fue creciendo. 


Aunque nunca jugó de manera profesional —solo en el colegio o en el barrio—, el deporte lo fue atrapando cada vez más. Hace cuatro años asumió como coordinador del básquet femenino del club, logrando importantes resultados con las categorías U13 y U15.


Por distintas cuestiones, principalmente de espacio, el básquet femenino tuvo una interrupción durante algunos meses. Sin embargo, en julio de 2025 el proyecto volvió a ponerse en marcha desde cero. Esta vez, Edgar regresó no solo como coordinador, sino también como entrenador, mientras continuaba su formación académica.


Su hija mayor, que hoy tiene 16 años y cumplirá 17 en marzo, juega actualmente en la categoría U15. Representó a la selección santiagueña, participó en competencias de federación y AFAB, y hoy integra el plantel de Quimsa. Aunque dio el salto a una institución de mayor estructura, su formación comenzó en el Club Nicolás Avellaneda. Actualmente, además de jugadora, también acompaña a su padre como entrenadora. Ella se encuentra realizando el curso de monitor de básquet, paso previo a la carrera de entrenadora, mientras que Edgar espera la apertura de inscripciones de la Confederación Argentina de Básquet para iniciar el ENEBA 1.


El proyecto tomó aún más fuerza cuando el club quedó sin entrenadora en el básquet femenino y fuera de los certámenes federativos. Con antecedentes, compromiso y un fuerte sentido de pertenencia, Edgar y su familia asumieron nuevamente la responsabilidad. Incluso su hija menor, Martina, de 8 años, forma parte del plantel, lo que convierte a esta historia en un verdadero proyecto familiar ligado al básquet femenino y al club.


Desde esa experiencia personal, Edgar describe lo que significó el cambio de rol dentro y fuera de la cancha:

“La verdad que es un cambio rotundo, pasar de ser papá, de ser fanático de tu hija o de tus hijos, a pasar a ser entrenador. Es otro rol totalmente diferente, otra responsabilidad, otro cuidado y otra forma de afrontar los partidos. Ya no podés estar quejándote con los árbitros ni gritando cosas que gritabas como padre afuera de la cancha. Muchas veces uno se queja desde la ignorancia, creyendo que los árbitros tienen la culpa, cuando en realidad el único culpable es uno como padre fanático que grita sin saber. Hoy, conociendo las reglas y el reglamento, te das cuenta de lo equivocado que estabas. Hoy hay que contener a las chicas en la frustración y también en la alegría, no ser desmesurado cuando ganan, respetar a los rivales tanto en la derrota como en el triunfo, trabajar día a día, ser responsable, ser el primero en llegar y el último en irse. También creo que hoy pasa mucho por lo psicológico: las chicas viven momentos difíciles en sus casas y vienen al club buscando practicar un deporte, y uno tiene que estar ahí no solo como entrenador, sino también como papá. Tratar de que todo sea una familia, no solo con las chicas, sino también con los padres.”


Al analizar el presente del básquet femenino en la provincia, su mirada combina reconocimiento por lo logrado y una fuerte autocrítica al sistema actual:

“La verdad es que hoy el básquet femenino está mejor que hace cuatro años, pero creo que falta mucho más y que el progreso va muy lento. En Santiago del Estero, el básquet femenino se mantiene por la ilusión de las jugadoras de poder jugar la Liga Nacional a través de un equipo como Quimsa, que hoy nos representa de la mejor manera, con un 95 % de jugadoras de la provincia y un entrenador santiagueño. Lo que hizo Quimsa en el último torneo de la Liga Nacional es un orgullo enorme, pero también es duro que toda la ilusión esté puesta en un solo club. El torneo local es muy pobre: hay pocos equipos y muy pocos partidos. Por ejemplo, categorías como la U17 jugaron ocho o nueve partidos en todo el año, algo imposible para competir. Cuando después te cruzás con equipos que juegan 50 o 60 partidos al año, esa diferencia se nota y se paga. Creo que la Liga Amateur hizo un aporte enorme al básquet femenino porque hay muchísimos equipos y mucha gente que se suma a jugar, y de ahí nacen jugadoras que luego pasan al básquet federado. Ahí es donde creo que hay que hacer un cambio gigante.”


Pensando en el futuro, Edgar apunta directamente a las decisiones estructurales que condicionan el crecimiento del básquet femenino en Santiago del Estero:

“Creo que todo pasa por los clubes. Los clubes deberían darle más oportunidades al básquet femenino en cuanto a horarios de entrenamiento, días y horarios de partido. Hoy el básquet femenino está muy atado de pies y manos porque se prioriza muchísimo el básquet masculino y las chicas terminan jugando cuando se puede. Por eso no hay una competencia federativa real: se juega uno o dos partidos al mes, hay categorías que quedan sin torneo y otras que directamente desaparecen. Hay jugadoras que pasan a ser U18 y no tienen campeonato, y en Primera hubo torneos que ni siquiera se terminaron. Eso habla muy mal de la confianza y la credibilidad del sistema. Si no se hacen cambios estructurales profundos, los clubes de barrio van a seguir formando talentos que después se terminan yendo a clubes más grandes para poder competir. Las chicas quieren competir, y sin competitividad es muy difícil que el básquet femenino pueda crecer.”


Actualmente, el básquet femenino del Club Nicolás Avellaneda volvió a ponerse en marcha y el proyecto invita a niñas y adolescentes de 8 a 15 años a sumarse. Los entrenamientos de pretemporada comenzaron este sábado 10 de enero y se desarrollan los lunes, miércoles y viernes, de 16.30 a 18 horas.

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